Un paseo con Toni Catany en busca de la inspiración para una fotografía

Toni Catany

Toni Catany (Foto: Juan Sánchez).

No lo dice cualquiera. La revista Life lo ha puesto en la lista de los cien mejores fotógrafos del mundo. En 1991 el Ministerio de Cultura francés lo nombró Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, y en 2001 el Ministerio de Cultura español le concedió el Premio Nacional de Fotografía. Es unánime, Tony Catany es todo un maestro. Camino por la ciudad acompañándolo, y al cabo del tiempo me doy cuenta de que estoy mirando de forma distinta las misma calles por las que tantas veces he caminado sin prestarles atención. Catany ha salido esta mañana a andar en busca e la inspiración y los elementos para realizar una de sus famosas naturalezas muertas en un taller que imparte en el Centro Andaluz de la Fotografía, y lo sigo para observar cómo trabaja, para espiarlo y tratar, de alguna forma, de aprehender sus secretos. ¿Cómo prepara sus fotos un maestro? ¿Cómo, qué lo inspira?

Esta historia de hoy comenzó ayer, cuando Catany presentó el taller que imparte en el Centro Andaluz de la Fotografía, y confesó que carece de sentido pedagógico. “No tengo ningún secreto ni fórmula mágica para hacer mis fotos”, se encoge de hombros. “Y la gente que viene se asombra cuando se los digo. Lo que pasa es que enseño todo lo que sé. Lo que sí hago es explicar, resumiendo en unas pocas horas, toda mi vida profesional. Después los alumnos hacen unos ejercicios a través de mis comentarios, y, por último, al tercer día hago una naturaleza muerta y voy explicando todo lo que me ha motivado para crearla”.

El fotógrafo mallorquín, que ya conoce Almería por haber participado en el Proyecto Imagina y otras colaboraciones con el CAF, ha titulado el taller ‘Naturaleza muerta’. Buena parte del curso será de carácter práctico, y tanto los alumnos como el profesor realizarán su propio bodegón con elementos relacionados con Almería, o traídos de casa. “Los colocaremos e iluminaremos de tal forma que nos sugieran cosas”, explica.

Él mismo ha traído una tela roja que suele utilizar a menudo. “Es un rojo muy especial”, dice, y lo extiende sobre la mesa. “Es un paño de terciopelo del siglo XVIII, tal vez. Es un terciopelo antiguo. Cuando uno encuentra un elemento así, es como un tesoro”.“La elección de los elementos que vamos a fotografiar es muy importante, así que mañana visitaré el centro y veré los puestos de frutas, flores, e iré escogiendo lo que me llame la atención”, dice. Entonces le pregunté si puedo acompañarlo, y asintió.

 El bodegón, un género controvertido

“Para mí la fotografía es una manera de expresar mis sentimientos, mi estado de ánimo, mis emociones”, explica. “No hago fotografía para los demás, sino para mí, por el puro placer de fotografiar. Si además gusta…”. Y todo a través de un género, el bodegón, que ha sido muy discutido a lo largo de toda la historia del arte. “A veces se considera como un subgénero”, reconoce. “Cuando yo empecé, y puedo decir casi que me atreví con él, en los años 60, no recuerdo que nadie lo hiciera. Donde único se veían naturalezas muertas era en los calendarios de las tiendas de comestibles: el conejo colgando con una escopeta, o un florero terrible… Y tuve que atreverme, y pasar incluso un poco de vergüenza”. Hace una pausa, y al final abre las manos: “Pero estoy contento de haber seguido mi camino y haber hecho lo que me daba la gana”.

“Ahora recuerdo que el único concurso que he ganado fue en televisión, que había un concurso de fotografía. Entonces envié un bodegón y me dieron el primer premio. Recuerdo que eran 1.300 pesetas. Pero en otras ocasiones se han reído de mis fotos”.

“Luego llegó un momento en que se revalorizó el bodegón… Yo creo que desde los tiempos de los romanos ya existía, no como género en sí, sino aplicado a otras cosas. Los egipcios también lo hacían, como también estoy convencido que hacían retratos. Caravaggio hizo uno como género… Ha tenido sus subidas y bajadas, y actualmente es un género apreciado. Tampoco demasiado, pero forma parte de estos géneros que he cultivado y que son parte de la historia de las artes, como son el bodegón, el desnudo, el retrato y el paisaje”.

¿Cuál es su método de trabajo para hacer un bodegón?, le pregunto, y responde rápido: “Selecciono unos elementos que para mí tienen un significado determinado. Simplemente, trato de representar mis estados de ánimos, mis sentimientos, mis vivencias, a través de unos objetos determinados”.

Extiende sobre la mesa varios trabajos que ha traído como ejemplo. Le preguntamos si trabaja en digital o analógico. “Esto es digital desde principio a fin. Es un positivo con un plotter y un papel de algodón. Creo que es mucho más permanente esto que las fotos analógicas que hacía antes, que las positivan sobre papel de plástico, porque no había ningún otro y con elementos químicos. Esto son pigmentos sobre un papel de algodón, que es lo que permite ahora el digital. Lo que pasa es que ahora el digital me ha fascinado por la calidad del color. Es extraordinario. Antes, con el analógico, no había blancos, eran impuros, dominantes, y los grises también. Y ahora se consiguen unos grises y unos tonos, unos matices, extraordinarios”.

“Lo que a mí me interesa es el resultado final de la obra”, concluye. “Y si ves uno de mis últimos libros, sobre las visiones del Tirant lo Blanc, ahí lo que quise fue recrear un poco esta época del Renacimiento, y recurrí al Photoshop para crear unos ambientes determinados. Soy partidario de cuanto menos intervenciones se hagan, mejor”, y levanta un dedo, “pero todas las que se necesiten”.

Con el bodegón, como con todo “uno tiene que saber qué es lo que quiere”, dice. “Es un género en que se unen fotografía y pintura, y sobre todo en la fotografía en color. La primera referencia que tenemos es la pintura. Las artes plásticas empiezan en las pinturas rupestres y llegan hasta la fotografía digital, con todas sus ramas, pero no deja de ser un arte plástica, y hay una interrelación entre todas. La intención, la composición, el color…”.

Mueve la cabeza y abre las manos: “Leí que Matisse decía: “Yo pinto por esto y lo otro”… y me dije: bueno, es exactamente por lo mismo por lo que yo hago fotos. Él añadía que esto no había ninguna cámara fotográfica que lo hiciera, pero es que yo tampoco quiero hacer lo que hace Matisse. Yo quiero hacer lo que puedo hacer con una cámara fotográfica, pero la intención es la misma”.

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Ahora, mientras caminamos por la ciudad, le pregunto si, de alguna forma, el bodegón no es una forma de paisaje íntimo. Catany niega, enfático, casi escandalizado. “No son lo mismo, el paisaje no son objetos, es la naturaleza. El bodegón, para mí, es algo que partes de cero y lo montas tú. El paisaje es todo, y dentro de este todo tú seleccionas lo que quieres, puede ser un paisaje virgen o en el que se note la intervención del hombre. Es todo un género totalmente diferente. No puedes comparar un árbol con una manzana. Ambos son producto de la naturaleza, pero uno está manipulado, no puedes meter un paisaje en un estudio. Podríamos decir que un desnudo es un paisaje, pero no, no…”.

Básicamente, caminamos en silencio, y sólo lo guío por la ciudad mientras él observa y saca fotografías de algunos detalles. “En eso consiste, en ir mirando”, comenta, en algún momento. “Ves algo que te llama la atención. Hay una cantidad de cosas que pasan a los archivos y no se utilizan… Pero bueno, es así..”.

“La fotografía es reflejar en imágenes cosas que te interesan. Porque primero te tiene que interesar y luego pensar en registrarlo. Y luego, te gusta o no te gusta. Y luego”, hace un gesto de reiteración con la mano, “uno aprende a distinguir las cosas que son y no son fotogénicas, porque hay cosas que te gustan pero que fotográficamente no tienen ningún interés, entonces forman parte de ti, pero no como para trascender en la imagen”.

 El ‘Instante preciso’.

Al cabo de un rato le pregunto por otro tema que me interesa mucho en la fotografía, el famoso ‘instante decisivo’ que decía Cartier Bresson. “Yo no estoy de acuerdo con eso”, dice Catany. “Es más una frase feliz. Hace un tiempo vi, porque me interesaba también, una exposición de Cartier Bresson, y pude comprobar que esto del ‘instante decisivo’ es algo muy literario, pero que no, porque él también hacía varias tomas. Él era muy preciso disparando, seguro, pero muchas veces hacía varias tomas y el ‘instante decisivo’ era cuando había escogido la mejor, no cuando había disparado cuatro o cinco veces”. Catany hace una pausa. “Cartier Bresson también dice que es importantísima la composición”, añade, con un gesto, “y tiene muchísima razón., él componía muy bien”.

Vamos caminando hacia la Alcazaba por las calles del casco histórico y la conversación deriva hacia aspectos generales de la fotografía. “Uno tiene que saber lo que quiere”, reflexiona. “Y el propio Cartier Bresson decía que había dejado la fotografía y se dedicó a dibujar y pintar, porque esto le permitía un período de reflexión, para desarrollar cosas… Esto también forma parte de mi manera de entender la fotografía. Claro, como él decía lo de este ‘instante decisivo’, se entendía que quería decir que el periodo de reflexión no es nada, pero sí que estaba ahí, porque él sabía lo que quería, y a lo mejor esperaba una hora para que este momento decisivo se presentara. Lo que para él era el motivo para dedicarse a dibujar y pintar, para mi es el mismo por el que hago fotografías”.

Pero en la fotografía, le digo, muchas veces está el factor suerte, el estar ahí cuando ocurre algo para poder hacer la foto. “En realidad no es suerte…”, responde, moviendo la cabeza. “Pero sí, es indudable que, por otro lado, también hay instantes, oportunidades que se presentan y que, si se saben aprovechar, pues es fantástico”.

 De vuelta a la Naturaleza Muerta.

Estamos buscando elementos para un taller sobre Naturaleza Muerta, así que inevitablemente, mientras abandonamos la idea de subir a la Alcazaba y volvemos a las calles del centro de la ciudad, volvemos a hablar de este género. “Nunca se ha encontrado el término correcto para definirlo”, dice Catany. “Los ingleses le llaman Still Live, Naturaleza Quieta, digamos. Aquí lo llamamos a veces bodegón, los franceses le llaman de otra forma… No es que sea muerta, pero son objetos que ya han sido… por ejemplo, flores que ya han sido cortadas, piedras sueltas…”.

“Todo es que decides expresar un sentimiento”, prosigue. “Y entonces te puedes ir al campo a buscar un paisaje que refleje tu estado de ánimo, pero también puedes coger las cosas que tienes en tu casa y fotografiarlos como naturaleza muerta, pero escogiendo unos colores, unos objetos, que traduzcan ese estado de ánimo, y que sientas identificados con este. Pero primero va el sentimiento, luego buscas los objetos para hacerlo”.

Tony Catany.

Tony Catany.

“Lo que pasa es que hay gente receptiva que en vez de crear obras, son receptores de obras de los otros, y hay gente que realmente lo pasa muy bien interpretando imágenes”. Estamos entrando en la Plaza Vieja, y Catany se detiene sonriendo delante de un muro con unos desconchones que dejan ver varias capas de pinturas de colores, cemento y yesos de reparaciones al vuelo. “Por ejemplo, no me interesa mucho Tapiès, porque se parece a esto”, señala con un amplio gesto el lienzo de pared, “y como yo disfruto muchísimo con esto, pues no necesito al Tapiès. Otra gente sí, y el Tapiès puede crear una cosa que después de verla puedes disfrutar de esto. Que es al revés de lo que me pasa a mi, que primero disfruto de esto, y luego el Tapiès siempre me resulta inferior”.

Levanta su cámara y hace varias fotos del muro, luego la deja caer de nuevo de su cuello y suspira, mientras continúa caminando. “Esto forma parte de una colección de fotos que tengo de medio mundo, y que no he enseñado nunca, que son fotografías que parecen abstracciones pero que, si te fijas bien, son cosas muy reales”.

 La tecnología.

Al cabo empezamos a hablar de cámaras, lentes y marcas. “Había un conservador del departamento de fotografía de la Biblioteca Nacional de Francia, que decía que el artista el único factor que tiene que resolver es la tecnología”, dice Catany. “La fotografía es tecnología, tecnología y más tecnología. Porque si es artista, el fotógrafo ya tiene una cosa, y entonces con lo que tiene que luchar es con la tecnología, y si la utiliza correctamente, ya está”.

Le hago notar que la cámara que lleva al cuello es digital, y le recuerdo que el día anterior había alabado este formato. Se encoge de hombros. “Sí, ahora ha surgido esta cosa de la tecnología digital, que está anulando la analógica, y bueno, no pasa nada, paciencia, porque la analógica tenía unas características que la otra no tiene, pero el mundo cambia y cambia todo…”.

 ¿Blanco y negro o color?

Nos sentamos a tomar un café, hablando de cosas intrascendentes. Cuando volvemos a salir a la calle, le pregunto sobre uno de los temas sobre los que más tinta se han gastado en la fotografía: ¿Qué prefiere, blanco y negro o color? “Esa es otra historia”, responde el Premio Nacional de Fotografía, con un gesto cansado que revela la cantidad de veces que se lo han preguntado. “Cuando inventaron la fotografía, quisieron inventarla en color, pero no pudieron. Y luego se ha podido. ¿Y qué hacemos? ¿Qué pasa con el color? Cuando el color añade algo que el blanco y negro no puede explicar…”. Volvemos a detenernos ante un portal de una casa. En una de sus paredes, alguien ha pegado y arrancado carteles, y han tapado grietas que luego han pintado de color rosa. Catany lo señala. “En cambio, hay otras cosas que tanto da que sean en color o blanco y negro. Pero, por ejemplo, esto rosado me ha llamado la atención. En blanco y negro, sería un portal con unas manchas blancas y ya está, y lo que me ha llamado la atención es esta gama de color que hay en este trocito, y necesito, por tanto, el color para explicar lo que me ha llamado la atención”.

“O cuando hice la colección de desnudos. Yo pensé en color, pero me condicionaba, porque el cuerpo todos lo tenemos muy asimilado, sabemos cómo va, qué es, y en color, para hacerlo más decorativo, tenía que agregar unas telas, unos fondos que no necesitaba para nada. Entonces decidí que lo hacía en blanco y negro, aunque no tanto, porque yo hacía un viraje al selenio que le daba un tono sanguina que sugería también la calidad del color del cuerpo. Pero años después, cuando hice polaroid transportado, otra técnica en color que era muy pictórica y todo, me atreví a hacer una serie de desnudos, ya con otra concepción, en que el color formaba parte”.

“Si te remites a la época romántica, cada color tenía un significado. El rojo, por ejemplo, puede ser señal de peligro, y se sigue utilizando para eso; y el azul es como el manto de la virgen; y el blanco, pureza; el verde esperanza. A veces sí la uso con esa simbología. Depende. Si la simbología dice esas cosas, ¿por qué no continuar utilizándola?”.

Tony Catany.

Tony Catany.

En el camino de vuelta al Centro Andaluz de la Fotografía, hemos entrado en un una verdulería, donde Catany se pone a hurgar, más que entre el género, entre sus colores y texturas. Ahora habla casi para sí. “Un día pensé, a partir de un cuadro que vi, que quería fotografiar un pescado rojo, un solo pescado rojo, y ahí veo uno, pero no lo haré mañana”.

“Tal vez haga algo rojo y amarillo”, murmura. “Ya veremos. Otro elemento fantástico es la sandía, sin pepitas… Tomate creo que no he fotografiado nunca, no me interesa. Cerezas, albaricoques… Me gustan o no me gustan. Yo prefiero fotografiar las cosas que me gustan, tanto a la vista como al sabor. Los membrillos me fascinan, por muchos motivos…”.

Finalmente salimos sin comprar nada. Mañana por la mañana se dejará llevar, dice, y si quiere algo, como ya tiene localizado el lugar, vendrá un momento a comprar. El dependiente nos mira alejarnos con el ceño fruncido.

Pero, por ejemplo, le pregunto, ¿al final, cómo compone un bodegón? ¿Hay algunos trucos, alguna regla, algún oficio..? Catany permanece un momento en silencio, luego concede. “Cartier Bresson dice que la composición es importante, y hay muchas maneras de componer una cosa. Se puede hacer una composición descompuesta, a mí me gusta mucho descompensar las cosas. “Y por ejemplo, tengo mis manías”, concede. “Me gusta la arquitectura urbana, y todo esto”, señala las paredes con sus texturas. “Me gusta fotografiar las cosas frontalmente, igual que cuando hago un retrato me gusta que me miren a la cámara, o cuando hago un modelo me gusta que haya un fondo detrás que limite el tema, no que haya un campo abierto…”.

“Lo principal es que uno se conozca a sí mismo. Hay gente que cree que se conoce, y no es así. Tiene uno que conocerse, y luego echarse para alante expresándose como es, sin falsos pudores ni nada. Venga, yo soy así, me gustan estas cosas… Al principio yo no sabía qué es lo que quería, pero llega un momento, como a los 40 años, más o menos, que ya yo sabía lo que me gustaba y lo que no me gustaba. Entonces, bueno…”.

El retrato.

Ya que ha hablado del retrato, uno de los géneros más personales de las artes plásticas, le pregunto cómo los hace él. “Yo soy muy tímido”, dice. “Me aproximo al retrato cuando voy de viaje, generalmente, y nunca voy solo, no me gusta viajar solo. Entonces, como la gente que me acompaña son muchos más echados pa’lante, y les digo: quiero fotografiar a aquél, y se lo piden… En esencia, hay que ir rápido, porque si no se ponen nerviosos. Les digo: “Por favor, mire la cámara, no sonría, póngase serio”. Esta es mi manera de actuar. Lo más rápido posible”.

¿Y qué busca en un retrato? “Algo que te atrae, como en todo, como en una fachada”, responde, rápido. “Yo trato en un retrato de representar la dignidad humana, no me gusta gente miserable, deforme… Hay fotógrafos que lo que quieren es denunciar… No, a mí lo que me gusta es la belleza y la expresión que tiene mucha gente, de una gran dignidad. Pero a veces te atrae una mirada, un gesto en los labios, una textura de piel, o el conjunto de tantas cosas… No lo sabes”.

La fotografía ahora.

Hablamos de Photoshop, del momento un tanto raro en que está la fotografía actual, en el que ha perdido incluso su aroma de verdad detenida. “Bueno. Es que todo ha cambiado, y la fotografía también”, Catany se encoge de hombros. “Pero no creo que sea ni mejor ni peor. Ha habido un camino y ya está”,

“La fotografía sobre todo era al principio documento para registrar la realidad. Luego, lo que pasó es que empezaron a manipularla. Los rusos, por ejemplo, hacían desaparecer personas. Claro, todavía era sinónimo de realidad, de verdad, y ahora esto se ha perdido, no es ni documento ni es nada. Es decir, puede ser documento, pero no te puedes fiar, porque con las tecnologías actuales se pueden trucar. Además, ya desde el móvil se puede hasta filmar…”.

Entramos de nuevo en el CAF, y le hago la última pregunta: ¿Qué influencias reconoce él en su obra? “Primero, soy un interesado en la historia del arte, pero influencias no recuerdo. Yo pienso que todo debe salir de dentro. Hay unos períodos o momentos que te vas informando de todo, una cultura, una música, leyendo, viendo imágenes, y esto te va formando. Y luego, entre tu formación y tu estado de ánimo, tus sentimientos, y tu necesidad de manifestarlos, te puede salir algo, pero sin pensar en nadie”.

“Al principio, cuando empecé en el bodegón de una forma como inesperada, porque estaba utilizando una técnica, el calotipo, que necesita exposiciones largas, y escogí objetos que no se movían., y esto me llevó a hacer bodegones. Y me di cuenta de que estaba escogiendo objetos que tenían un significado especial para mi, y que podía expresarme a través de ellos. Alguien me decía que se parecían a los bodegones de un fotógrafo checo, Sudek, que murió hace años, pero yo no sabía quién era Sudek. Cuando lo conocí, el último calotipo que realicé era un homenaje a este señor, pero en todos los demás no tenía referencias de ningún tipo. Si hasta utilizaba una técnica que nadie utilizaba…”.

“Uno parte de uno mismo, que es una mierdecita de mosca en una pared del muro de Berlín. Uno no es nada, y a partir de ahí puede crear un mundo. Es que, además, uno no pretende nada, simplemente manifestarse, yo hago cosas no para los demás, solo para mí. Luego, si las puedo mostrar, editar, y si gusta a la gente. Pues magnífico…”.

¿Y el famoso ‘lenguaje propio’ del que tanto hablan los artistas? “Aparece, pero no de la noche a la mañana”, responde. “Tienes que estar al tanto, buscarlo, tranquilamente, pero hay que hacer fotos y saber lo que te gusta y lo que no, lo que ya está hecho y lo que no. Tú me preguntas qué haré mañana y no lo sé. Y tal vez no lo sabré ni mañana, porque a veces no sale, esto es… Ahora tengo que hacer esto por obligación, y ya veremos, tiraré de mi experiencia…”.

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Nos despedimos y prometí asistir al curso, pero sabía que el trabajo no me lo permitirá.  Y así fue. Lo llamé, me disculpé, y me quedé con la extraña sensación de haber pasado una mañana de excepción con el maestro, hablando de arte y fotografía, pero no había conseguido lo que había ido buscando. No había aprendido sus secretos, no había visto el momento de la inspiración.

Pocos días después me mandó por email la fotografía resultante del taller, y en cuanto la miré, la reconocí sin haberla visto nunca antes.

Tres albaricoques.

Tres albaricoques. Foto: Toni Catany.

El título: ‘Tres albaricoques’. Tres frutas amarillas alineadas sobre el paño de terciopelo rojo del siglo XVIII, sobre un banco de losetas de alguna plaza con figuras azules, blancas y amarillas. Una imagen simple, simétrica, pero que atrapa la mirada de una forma hipnótica.

Confieso que me quedé un rato mirando la pantalla del ordenador, pues me di cuenta de que sí había asistido al secreto, pero este, en realidad, era más intangible, más profundo, de lo que imaginaba. De alguna manera, había visto cómo surgía en su mente, en su alma, pero todo había ocurrido durante sus silencios, pues al final, la creación es un acto solitario, interior.

Era eso lo que Catany me había repetido, pacientemente, tantas veces: es algo incomprensible, que se acepta y se persigue cuando aparece. La maestría, en realidad, está en esa comprensión, en la aceptación de ese Misterio. El secreto no está en el artista, sino más allá. ¿Dónde, en qué consiste, cómo se desvela? No lo sabemos. Solo le hemos puesto un nombre: arte.

(Versión ampliada del artículo publicado en el periódico  ‘La Voz de Almería’ )

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